lunes, 13 de diciembre de 2010

TODAVÍA LLORAMOS



TODAVÍA LLORAMOS




Todavía lloramos, y qué bueno que así sea. Las lágrimas rara vez hacen mal. Son siempre una catarsis, una liberación, una forma de decir que nadie es auto-suficiente. En esta confesión de franqueza humana se esconde un acto de humildad de quien reconoce que llegó a una encrucijada. Y, cuando esto hiere demasiado, los ojos dicen lo que la boca no consigue pronunciar.



Hay lágrimas de dolor, lágrimas de amor, lágrimas de alegría incontenible, lágrimas de tristeza, lágrimas silenciosas de paz y de ternura, lágrimas de gratitud por un elogio realizado en el momento preciso, lágrimas de esperanza, lágrimas de inocencia. Pero también hay lágrimas de vergüenza, de necedad, de desafío, de chantaje, de egoísmo por no haber conseguido lo que se quería. Hay quien llora por cualquier cosa y hay quien tiene vergüenza de llorar, cuando llorar era la única cosa decente que podía hacerse.



Es muy probable que existan cosas mucho más bonitas que ver a una persona llorando en paz. Sin embargo, la persona que todavía llora por amor y que además no tiene vergüenza de mostrar que dentro de ella habita un sentimiento noble, es digna de admiración, pues de las cosas más bonitas de un ser humano, una de ellas es la sonrisa, la otra: la lágrima silenciosa de alguien que desea comenzar de nuevo.

EL ORIGEN DE LA NAVIDAD




EL ORIGEN DE LA NAVIDAD

The Rosicrucian Fellowship



“Y dijo Dios: Sean lumbreras en la expansión de los cielos para apartar el día y la noche: y sean por señales, y para las estaciones, y para días

y años ...”





La Navidad (Christmas o Christ Mass), Misa del Cristo, o Fiesta del

Cristo, es una de las cuatro mayores estaciones espirituales del año. Es

una época propiciada para el nacimiento del místico Sol de Medianoche o

del Niño Cristo dentro de nosotros, que tiene lugar en el centro de la tierra

o del corazón del individuo, respectivamente.





Es un hecho aceptado de que el Sol en su relación con la Tierra es

el que produce las cuatro estaciones terrenales de: primavera, verano,

otoño e invierno, que a su vez son responsables de la Semana Santa,

Festival de San Juan, Festival de la concepción y la Navidad respectivamente. Estas cuatro últimas son la contraparte espiritual de las cuatro

estaciones físicas anteriores, operando por medio de ellas.





Sin embargo, siendo el Sol el luminar principal colocado en los cielos, recibe la ayuda de la Luna, el luminar menor, la cual refleja el gran

poder de eléctrica luz a través de su propia y magnética influencia.





Estos luminares en el firmamento son parte del mismo, en sus respectivos movimientos, día y noche, señales y estaciones, día y años, de

estricto acuerdo con el primer libro de Moisés: el Génesis. Por lo tanto, a

fin de establecer el origen de la Navidad, encontramos que debe estar

íntimamente conectada principalmente con el Sol, el productor de todas

las estaciones, siendo la de Navidad, de nuestra presente consideración.





Es por medio de la natural deducción o de la lógica el que adquirimos el conocimiento de lo desconocido, por lo que ya conocemos, y por

lo tanto hacemos uso del aforismo hermético que dice: “Como arriba, así

es abajo” Esta importante verdad es también expresada por el axioma

arcano: “Ex uno disce omnes”, por uno conocemos a todos. Es más, esto

no es otra cosa que el primero de los siete principios cósmicos enseñados

por los Rosacruces, a saber, el principio de la correspondencia. Esto se

manifiesta en una cierta correspondencia analógica o concordante por

medio de las manifestaciones en varios planos de la actividad. Así que del

conocimiento del presente, yendo más adelante podemos razonar el futuro, o mirando hacia atrás, podemos comprender el pasado.





Ahora apliquemos este último procedimiento a fin de fijar el origen o

de dónde viene la estación de la Navidad, el Festival del Cristo. Un moderno concepto del Cristo puede ser resumido en Poder Universal que

emerge en actividad bajo ciertas condiciones establecidas resultantes de

calificaciones especiales. Esto difiere de la pasada idea generalmente

aceptada del Cristo como hijo de Dios, encarnando todas las altas virtudes de la concepción humana, dependiente del estado y evolución de la

mente en su más elevada expresión, un Cristo personal o Cristo en términos de una persona.





Este concepto mental de Cristo, lo encontramos para los niños en la

representación de Santa Claus, el que da y trae los buenos regalos en la

época de Navidad. Es el surgir dentro de la manifestación, del poder oculto, lo que nos capacita para formular, concebir y poner de manifiesto,

nuestra más alta comprensión de lo que es Cristo, para y por nosotros,

resultando en NUESTRO NACIMIENTO DE CRISTO.





¿De dónde viene esta fuerza que produce nuestra particular estación

de Navidad? Ya hemos dicho que el Sol es grandemente responsable de

las estaciones, ya sean estas espirituales o materiales, en sus reacciones

especiales sobre el individuo. Pero mientras el Sol es el principal promotor

en estas estaciones, existen otros agentes que acentúan algunas de sus

cualidades especiales. En esta especial estación de la Navidad, el Sol está

pasando a través del signo Sagitario, cuya agencia inunda la atmósfera con

su poder. La mente es naturalmente elevada para expresar sus más altos

ideales y conceptos en la gloria por la veneración de la Deidad. La visión de

un grandioso y expansivo Dios, está siempre presente con un ferviente deseo para llegar tan lejos como sea posible a ese ideal. La expansiva

mente se desarrolla a medida que visualiza nuevas vistas de mayores glorias y gracia en un magnífico realismo del Espíritu de la Navidad. Estas son

las ofrendas de un benévolo Júpiter a medida que el ALMA DEL HOMBRE

se eleva y separa de las ataduras terrestres. Aquí yace la cuna desde la

cual el Niño Cristo se levanta mientras el símbolo de Júpiter y la Luna Creciente sobre la Cruz proclama esta verdad, el niño Creciente, el espíritu

elevándose en la Cruz de la Materia, o sea su cuerpo terrenal. Aquí yace el

místico mensaje de la Navidad a través del Crecimiento y de la Cruz de

Júpiter y el arco y la flecha del Centauro, sin el cual no habría Navidad tal

cual la conocemos hoy en día, no habría visión de mayor y más gloriosa

Deidad ni evolución o avance espiritual.





Volviendo hacia atrás en las páginas de la historia de extintas naciones, encontramos también que en esta época de celebraciones de Navidad, tuvieron lugar festivales espirituales o religiosos. En esto es muy de

notar que todos estos rituales han sido íntimamente conectados con la

veneración del Sol, directa o indirectamente, y el cual siempre fue reconocido como el Dador y sostenedor de la Vida.





De este modo el origen de la Navidad debemos encontrarlo en el

estudio de los Cielos al igual que la evolución del hombre. Principalmente

se debe a esto que aquellos relacionados con el desarrollo espiritual del

hombre, buscaron ayuda por medio del contacto con los cuerpos celestiales, por el estudio de la Astrología. Por medio de la observación, experiencia y estudio, les fue posible formular reglas y patrones de vida que

condujeron al hombre de una existencia animal a una vida humana y

continuará guiándolo hacia un orden angelical.





Habiendo encontrado el origen de la Navidad en el estudio de los

Cielos, esto también nos trae el conocimiento de un lado de esta Estación

que es raramente tenido en cuenta. El principio del Festival de la Navidad

es ensalzado con la alegría anticipada en el hecho de que el espíritu se

reconocerá a sí mismo, y por lo tanto constituye un nacimiento espiritual,

descartando su envoltura de carne. Así tenemos la alegría del Período de

Júpiter, pero en el Día de la Navidad, en el medio de la estación de Navidad,

tiene lugar un cambio. El tiempo de la alegría se convierte en un

período de tristeza a medida que el recién nacido espíritu se encuentra a

sí mismo obstruido por la manifestación en un extraño mundo el cual

debe él vencer por un necesario sacrificio, o sea que el niño de alegría se

convierte en el hombre de tristeza.





De nuevo los ciclos verifican la verdad de estas cosas, porque en el

día 25 de Diciembre, el Día de la Navidad, el Sol ha entrado en el signo de

Capricornio, el signo de la cabra, regido por Saturno, cuyo símbolo es la

Cruz de la materia sobre la Luna Creciente del Alma. El ambiente de la

cabra es la montaña, tosca y rudamente mañosa y con escaso alimento,

cuyas condiciones pueden ser comparadas al espíritu en su nueva morada del mundo material. El símbolo de Saturno denota la fuerza aplastante

de la materia sobre el alma aspirante.





Es quizás más bien difícil el apartarse de la idea de un Cristo personal y reconocer a Cristo como a un magnífico y radiante poder de energía

encarnado en Rayos de Luz emanados del Sol, no del Sol físico, sino del

Invisible Sol Central, trabajando a través del Sol físico.





La energía de Cristo, tiene por vehículo de manifestación, los dos

éteres superiores el de luz y el reflector, pero en especial el primero que

es atraído y producido en su individual plenitud por el poder del corazón y

la fuerza del cuerpo pituitario en su reino etérico. Es la parte etérica de

estos órganos físicos, la que especializa el grado particular del Éter de

Cristo que produce el vehículo por medio del cual se expresa la energía

de Cristo. Por lo tanto la energía Crística o el Cristo Niño no puede nacer

hasta que el cuerpo de Cristo esté completo en relación con las funciones, al igual que está completo como unidad separada. El principio Crístico,

sin embargo, puede funcionar a través del cuerpo físico denso, aun cuando los poderes de deseo y mental no tengan ningún cuerpo organizado

por medio del cual funcionar. Sólo aquellos que han sido capaces de

construir el vehículo de Cristo, pueden visualizar el místico Sol de medianoche, el Rayo de Cristo, en todo su esplendor y gloriosa magnificencia.

Utilizando las 24 horas del día como un ejemplo para las cuatro

estaciones del año, nuestra hora de medianoche es la de la Navidad y del

nacimiento del Niño Cristo. Esto está bien ilustrado por el J.G. Whitier en

su poema









LA NAVIDAD DEL MÍSTICO:





“Saludemos todos”,





resuenan las campanas de Navidad,





“Saludemos todos”,





cantan los monjes en la Navidad;





Los monjes felices, que mantienen con alegría





El más grandioso día de todo el año.





“Mantengan mientras lo necesiten,





hermanos míos,





Con profundo fervor el canto de Navidad,





Pero no juzguéis a aquél, que en cada mañana,





Sienta en su corazón





que ha nacido el Señor Cristo”





“Y aquel Verbo fue hecho carne,





y habitó entre nosotros





(y vimos su gloria,





gloria como del unigénito del Padre),





lleno de gracia y de verdad”.





(Juan 1:14)


VIBRANDO EN ESPAÑA -JULIO PAGANO Y MARISA BLOK-

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