sábado, 3 de diciembre de 2011

¿Quién es un guerrero?






¿Quién es un guerrero? Quien hace de la vida una búsqueda,
quien trata de sacarle sentido a cada momento,
quien valora la sabiduría y la compasión,
quien aprende a manejarse vital y existencialmente,
es todo sagacidad y está libre de violencia.
Es un guerrero el que entona el ánimo,
no desfallece, saca inspiración de la tristeza,
valora lo positivo y no se pierde en lo negativo.
Es recio y recto; procura ser ético y ecuánime,
intenta no caer en sus propias trampas,
convierte la vida en la gran maestra,
trata de liberar la mente
de engaños y autoengaños,
pretextos falaces y componendas.
Además, valora la inteligencia
clara y la ternura expansiva,
está siempre en el
intento de autodesarrollarse
para beneficio propio y de los demás,
vive sin odio entre los que odian,
con alegría entre los abatidos,
con confianza entre los desconfiados,
con júbilo entre los desolados,
con ánimo entre los desanimados
y con desapego entre los codiciosos.
La guerrería espiritual es una actitud,
un aroma, una presencia.
Puede ser un guerrero el estudiante,
el ama de casa, el hombre de negocios,
el campesino o cualquier persona
que procure un significado
de crecimiento interior a su vida,
que asocie el desarrollo
externo con el interno,
que esté en el intento y en el
empeño de abrillantar la consciencia,
de pulir la inteligencia primordial
y desenvolver el amor y la compasión.
El guerrero es cuidadoso
consigo mismo y con los demás,
evita el daño, promueve el bienestar,
desarrolla un sentimiento de unidad.
Es un verdadero guerrero espiritual
aquél que aprende a relacionarse consigo mismo,
mejora la relación con otras criaturas sintientes,
desarrolla sus potenciales anímicos,
procura un sentido de integración
y mejoramiento a la existencia,
promueve las energías
constructivas y de crecimiento,
instrumentaliza la vida
–incluso en las circunstancias adversas-
para completar su evolución interior.
Sabe vivir a cada instante con
consciencia lúcida y ecuánime…
o por lo menos no ceja en su intento de conseguirlo.
Es un guerrero espiritual el que
emprende la conquista de sí mismo.
Para ello no se aísla, prosigue con su vida cotidiana,
aunque en una dimensión de consciencia
y percepción diferente a los que no están
en la senda de la búsqueda;
vive instalado en el equilibrio,
no dejándose perturbar en exceso
por la ganancia o la derrota,
el encuentro o el desencuentro,
el elogio o el insulto.
No hay mayor conquista que la de uno mismo;
no hay mayor conocimiento que el conocimiento interior;
no hay mayor alegría que la que brota
de la fuente interna de serenidad
y no depende exclusivamente de los eventos del exterior.
Aprende el guerrero espiritual
a no lamentarse ni autocompadecerse.
No se complace en la duda por la duda,
investiga, aprende, titubea,
pero no es la suya la incertidumbre
escéptica, estéril y desertizante.
Apela a la inteligencia humana
y desarrolla la comprensión clara,
aunque sabe que muchos seres humanos
ni siquiera entienden lo que es comprender.
Ama el silencio exterior, cuanto más el interior.
Remansándose en sí mismo,
en meditación fecunda, renueva su energía,
su visión clara, su ánimo estable.
En meditación, cultiva metódicamente la atención
y bruñe la conciencia.
En la vida cotidiana prosigue alerta,
porque sólo los atentos están vivos
y evitan herir en pensamiento,
palabra o acción.
Porque esta atención le hace ser preciso,
autoconsciente y vigilante,
y no se identifica con negatividades propias o ajenas.
En la meditación y en el silencio interior
el guerrero escucha la voz de su ser,
que le infunde nuevos ánimos.
No cree en la violencia,
sabe que la única ley eterna es la del amor.
No cree en la coacción ni en medio coercitivos,
sabe que la disciplina consciente es imprescindible,
así como el confrontar la vida
con sentido del esfuerzo y del dolor.
No se ofende por banalidades,
no se inmuta por trivialidades.
No cree que pueda florecer nada hermoso del miedo,
tampoco cree en el desorden,
pero su orden no es rígido ni neurótico.
Sabe que la limpieza del mundo
debe empezar con la de la propia mente.
Aprecia su cuerpo, lo atiende,
lo dispone, lo prepara, pero sin apego, sin obsesiones.
También cuida su mente y la cultiva con esmero.
Impone una dosis de dignidad a su carácter
y examina su conducta.
A través de la meditación
recobra su armonía básica,
siendo su postura símbolo de su talante.
Desde la tierra en la que se apoya
quiere proyectarse a la totalidad.
El guerrero espiritual,
en fin, trata de mantener la mente limpia...

La Magia de la Navidad




La Navidad es la época mágica del año. Es la más encantadora de las
estaciones. Hasta el mismo aire parece estremecerse y centellear de felicidad y
anticipación.
El que ha aprendido, mediante la profunda comunión interna, a contactar con
los planos ocultos de la naturaleza, reconoce que las festividades sagradas del año se
observan en los mundos internos, y que éstos transmiten su impronta al mundo físico
externo. Esto es especialmente exacto en tiempo de Navidad. Las celebraciones
jubilosas, el color, la música y el regocijo que tienen lugar en el mundo externo, no
son sino un pálido reflejo de los fenómenos correspondientes en el mundo espiritual.
Cuando Cristo llega al corazón de la Tierra, en esta hermosísima estación, la
brillantez de Su inmensa emanación impregna el Planeta entero con su esplendor.
Esta radiación penetra incluso en el mundo físico exterior, pero la densidad de
la materia hace ciegas a muchas personas a sus refulgencias. Muchos sensitivos, sin
embargo, sienten la saliente luz. Aunque no la vean, son conscientes de la elevada
exaltación y la rica inspiración que sitúa el período navideño aparte del resto del año.
El tremendo amor-luz, con que Cristo impregna el planeta cada año por
Navidad, está cambiando gradualmente la vibración atómica de la Tierra, y este gran
derramamiento de amor-luz, cada año, es el verdadero regalo de Navidad de Cristo al
mundo. Mediante él, el Planeta se va eterizando y sensibilizando hasta el punto de
poder responder a nuevos y cada vez más elevados ritmos vibratorios. Gradualmente,
pues, el ritmo crístico, palpitando en la Tierra, se hará tan potente, que todas las
vibraciones disonantes serán eliminadas: La terrible plaga de la guerra, que ahora
separa a los hombres de los hombres y a las naciones de las naciones, ya no será
posible; la enfermedad, la miseria y, finalmente, hasta la muerte misma, serán
vencidas. Cada átomo del globo responde al divino influjo con una vasta pulsación,
rítmica como la música, para el que la puede oír. Su eco es repetido por el jubiloso
tintineo de las campanas de Navidad, pues no hay una época en todo el año en la que
las campanas repiqueteen tan gozosamente como en este tiempo.
Los ángeles deben amar también esta época con un amor especial, ya que se
aproximan a la Tierra y entonan sus más deleitosos cánticos. Noche y día, multitudes
de ellos, se ciernen sobre el Planeta, derramando sus bendiciones sobre todo lo que
tiene vida, unas bendiciones que, luego, tienen su contraparte física en el incienso
que perfuma muchos lugares de culto en esta época sagrada. Los antiguos Iniciados
cristianos contactaban a voluntad las celebraciones en los planos superiores, y
muchas de las ceremonias que establecieron en la iglesia, reflejan los rituales
iniciáticos de los mundos internos. Los Maestros músicos han captado melodías de la
música angélica y las han trasladado a la Tierra en inspirados villancicos que
perdurarán mientras la Tierra exista... "Alegría al mundo, el Señor ha venido" es un
canto angélico que expresa un misterio cósmico perteneciente a los ángeles y a los
hombres. Entre las bandadas angélicas que cantan sobre la Tierra en tiempo de
Navidad, hay un ser femenino cuya luz áurica se extiende a vastos espacios: "La
reina de ángeles y hombres", que añade su melodía a la de los seres celestiales, al
tiempo que derrama sus bendiciones, especialmente sobre las madres y sus bebés, ya
que conserva en su sagrada memoria y lo comprende mejor que ninguna otra madre,
el profundo sacrificio que supone este tiempo santo. Su nota-clave musical resuena
en el Ave María, y todos los que la oyen quedan influidos, consciente o
inconscientemente, por su bendición.
En cada una de las cuatro sagradas festividades, los seres celestiales
impregnan los mundos etéricos con una radiación divina. Cada una de esas
estaciones posee su propio color característico, lo mismo que su propia nota-clave
musical, ambos empleados en las ceremonias de los Templos de Iniciación desde
hace eras.
Todos estamos familiarizados con el rojo y el verde de la estación navideña,
tal y como se celebra en Occidente. El verde es el color de la vida nueva.
Generalmente se le asocia con la primavera, cuando la nueva vida vegetal se hace
visible en el hemisferio norte. Sin embargo, es en tiempo de Navidad cuando esta
nueva vida se agita primero, dentro del Planeta, y por eso es por lo que los antiguos
videntes lo usaban como motivo decorativo en sus celebraciones del medio invierno.
El rojo es el color de Marte. Es también el color de la actividad, que se agita a través
del Planeta, cuando el rayo de Cristo "renace" en su interior. Marte está exaltado en
Capricornio y las festividades navideñas se celebran cuando el sol entra en este signo
el 21 de diciembre. El lugar de la exaltación de un planeta es donde sus fuerzas
espirituales se concentran. El rojo perteneciente a la Navidad no es un tenebroso
carmesí, sino el puro y claro color producido por la transmutación del denso rojo de
la pasión en el más claro tono de la compasión. Esto sucede con el paso de lo
personal a lo impersonal, de lo individual a lo universal.
La magia de la Navidad se caracteriza por un espíritu de buena voluntad
universal. La gente se ve animada de impulsos amistosos y generosos. Hay pocos tan
egoístas que no den algo, de sí mismos o de sus bienes, a otros. Las comunidades,
grandes o pequeñas, conciben diversos proyectos en auxilio de los necesitados, los
enfermos y los desgraciados. Los hospitales y orfanatos la celebran con cariño y
amor, buenos deseos y protección. La aspiración de todos, por doquier, es iluminar
por lo menos un rincón, proporcionando esperanza y alegría a los menos
afortunados. Este sentimiento de fraternidad universal encuentra su símbolo más
alegre en Santa Claus. Él es el que visita anualmente, por Navidad, los tejados de
todo el mundo, repartiendo, entre todos, regalos y deseos de felicidad. Se le conoce
por distintos nombres en los diferentes países, pero su espíritu es siempre el mismo,
porque no es más que la personificación de la buena voluntad universal que Cristo
trae cada año a la Tierra y que cada vez se va convirtiendo en una fuerza más
poderosa que conmueve la conciencia del hombre a lo largo y a lo ancho del mundo.
Pero, por encima de la belleza, el color y el regocijo que animan a la mágica
Navidad, por sobre toda la actividad, el bullicio y la confusión, resuena en el aire un
cántico más tierno y hermoso que el canto de los ángeles y arcángeles: La voz del
mismo Cristo, reiterándonos que, cualquier cosa que hagamos para aliviar la carga,
para sanar las heridas, para mitigar el sufrimiento o para iluminar los días de
cualquier ser humano o cualquier criatura viviente, a Él se lo hacemos. Él mismo lo
expresó así: "Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber,
era extranjero y me acogiste, desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me visitaste,
en prisión y viniste a verme".

Corinne Heline

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