viernes, 25 de mayo de 2012

LA VIRTUD DEL DISCERNIMIENTO


Mano con estrellas de luz

LA VIRTUD DEL DISCERNIMIENTO
La virtud del discernimiento es necesaria en el camino del aspirante. Él necesita saber distinguir lo verdadero de lo falso, lo eterno de lo efímero, las débiles llamas de la existencia material del puro fuego de vida. Al principio lleva consigo mucho equipaje. Deberá ir liberándose de él durante el camino. En eso será ayudado, pues no hay peregrino que no cuente con el auxilio de consciencias con más experiencias para guiarlo.
Sin embargo, no le faltarán invitaciones que astutamente intentarán desviarlo de la meta; ni mensajeros que, con blancas vestiduras, intentarán pasar por portavoces de la verdad. Habrán de infundirle deseos y reacciones, y sutilmente colocarán en su mente gérmenes de pensamientos que podrán hacerlo retornar sobre sus pasos; en él estimularán el apego al pasado, a las vivencias positivas, intentarán confundirlo con promesas de recompensas. Usarán de sus buenas intenciones y de aspectos aún oscuros de su naturaleza humana para llevarlo por rumbos equivocados. Por eso, para él es fundamental la necesidad de perenne vigilancia y entrega.
El estado en el cual el ser ya no vive personalmente, sino que es vivido por energías mayores, cósmicas, celestiales, no puede ser fabricado con el querer humano. El querer tiene que estar presente sólo para mantener tensas las cuerdas del sagrado instrumento que sonará cuando, de modo sobrenatural, fuere tocado por las manos invisibles del verdadero músico.
¿Vuestras ilusiones? Arrojadlas al fuego que arde en el corazón. ¿Vuestros deseos de servir al Creador? También estos debéis entregar. Con esas capas recubriéndoos, ¿cómo podrá la esencia reflejarse en vuestro ser?
Lo que está hecho de materia pertenece al mundo. Renunciad a lo que os prende y caminad rumbo a la luz.
Cuando la decisión está afirmada, el pasado ya no atrae al peregrino. Aunque se le acerquen recuerdos traicioneros, ya reconoció el “secreto de la Medusa” y no se dejará engañar. Sus pasos son firmes; su fe, imperturbable. Su respiración es profunda, pues el aliento del cosmos lo sustenta. Nada pide para sí, nada espera de la vida. Sólo sigue cumpliendo lo que, desde lo Alto, le es indicado en el silencio.
Fuente: A los que Despiertan, de Trigueirinho
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