domingo, 6 de marzo de 2016

La magia y los misterios iniciáticos




La magia y los misterios iniciáticos


Durante el curso de las dos conversaciones anteriores analizamos el tema de la MAGIA desde el ángulo de vista de la creación universal e individual. Hoy vamos a hacerlo en un sentido más profundo e íntimo todavía relacionando la Magia creativa con los misterios iniciáticos, tal como han sido ocultamente revelados por la iglesia cristiana y tomando como figura central y principal intérprete de los mismos a la personalidad psicológica y dramática de Cristo, quien, en nuestros estudios esotéricos es la representación genuina del sagrado Verbo, del sonido cósmico O.M., del cual se origina toda la cadena de misterios universales y toda posible creación o expresión mágica de la Vida del Creador.

El sonido O.M. define a la Entidad crística durante el proceso larguísimo de la evolución universal de la Vida dentro de cualquier tipo de forma y lo que trataremos de expresar en nuestra conversación de hoy es la evolución del Alma o conciencia individual del “Yo” por medio de los atributos objetivos de la forma dentro de la cual se halla contenido.

Iniciaremos así un mágico tendido entre cada tipo de conciencia en proceso de evolución y su correspondiente atributo de forma, reconociendo que vida, cualidad y apariencia, o Espíritu, Alma y Cuerpo son los tres aspectos fundamentales implícitos en el proceso evolutivo a que da lugar la Magia organizada realizada por la Divinidad en el interior del círculo “no-se-pasa” del Universo. Ya no se trata ahora, sin embargo, de analizar el proceso de construcción tal como analizábamos en nuestras conversaciones anteriores, sino del de la purificación de las formas construidas, en un sagrado intento que forma parte de la Magia del Creador, de enaltecerlas, de sutilizarlas, de ennoblecerlas y de purificarlas preparándolas, en fin, para que la Vida de la Divinidad pueda utilizarlas como adecuados vehículos de los sublimes Arquetipos ideados en la profundidad de Su infinita e indescriptible Mente.

Tales Arquetipos de perfección se hallan implícitos en cada uno de los Misterios esotéricos del Cristianismo, desde el que se inicia con el nacimiento del niño Cristo en la mística Cueva de Belén hasta el de la consumación del Sacrificio liberador que tiene lugar en el Monte Calvario y en los procesos posteriores de la Resurrección y de la Ascensión al Reino de los Cielos. Estos Misterios deben ser considerados actualmente con un nuevo tipo de visión poniendo más énfasis en las actitudes psicológicas del Maestro Jesús, que simboliza al ser humano, que en las incidencias históricas cuyas imágenes han llegado a nosotros muy deformadas por los convencionalismos y tradiciones religiosas. Démonos cuenta así del proceso de Jesús, el hombre, inmerso en un ambiente social lleno de contradicciones como correspondiente al de la evolución de cualquier ser humano, desde que “nace” a la vida de la conciencia psicológica como un alma en encarnación en el Belén de su cuerpo, hasta que muere en la Cruz de cualquier dificultad en el Monte Calvario de sus múltiples y continuadas pruebas y sufrimientos kármicos.

Cada uno de los cinco Misterios cristianos que hemos tomado como base de nuestra conversación de hoy, es decir, el Nacimiento, Bautismo, Transfiguración, Pasión y Muerte y Resurrección, están presentes en todas y cada una de las fases de la vida psicológica humana constituyendo las fronteras entre diversos e innumerables tipos de evolución, así como Notas cada vez más vibrantes del O.M. solar desde que inicia su recorrido kármico a partir del sonido A.U.M., o sonido constructor de los vehículos de forma que deben utilizar las almas de los seres humanos, hasta que su sonido se ha hecho tan agudo, penetrante e insistente que ha logrado atraer la atención del gran sonido O.M. o Verbo original que sólo la Divinidad o la potencia mística del Espíritu son capaces de emitir o proyectar en los éteres universales o planetarios.


- EL CUERPO DE MISTERIOS DE LA IGLESIA CRISTIANA

En el Misterio del Nacimiento, como semilla universal de una serie infinita de acontecimientos inmateriales que irán produciéndose en la vida del hombre histórico representado por el Maestro Jesús, se hallan presentes todos los Reinos conocidos de la Naturaleza: el Reino mineral ofrece la Cueva del Nacimiento, el Reino vegetal los leños del pesebre y la paja que abrigará el cuerpo desnudo del infante recién nacido, el Reino animal la tradicional pareja de animales, el buey y la vaca, el Reino humano a José y María, estando representado el Quinto reino por el Cristo recién nacido que simboliza al alma humana.

Coincidiendo con este Misterio se produce un hecho esencial, al cual no se le ha asignado quizás el debido valor esotérico, reconocido en la simbología cristiana como “la Adoración de los Reyes Magos”, el cual constituye un auténtico perfil del gran proceso místico del ser humano en el drama psicológico de la evolución histórica de su vida.

Analizando muy crítica y analíticamente a cada uno de los tres Reyes Magos (recuérdese que Magia regula el proceso creador de las Formas) vemos que sus ofrendas al niño Dios son símbolos perfectos de sus propias e íntimas naturalezas, es decir, que el oro, el incienso y la mirra, cuyos valores o atributos químicos representan determinada cualidad psicológica del Alma humana y determinan la creación de los cuerpos mental, emocional y físico, siendo Gaspar, Melchor y Baltasar tras poderosísimas Entidades Dévicas, incomprensibles todavía para nuestra limitada inteligencia, que llevaban a cabo la evolución de los tres grandes Reinos de la Naturaleza que preceden al Reino humano en el proceso de la evolución planetaria, es decir, el mineral, el vegetal y el animal. En el centro simbólico del Drama psicológico del Nacimiento en la Cueva mística de Belén se halla el Cristo recién nacido, el alma humana, una chispa indescriptible de la Divinidad que ha creado su inmaculado cuerpo con los dones u ofrendas de cada uno de los Reyes Magos.

Viene después el Misterio del Bautismo, otro aspecto sagrado en la vida de la Naturaleza, dentro del cual el aspecto espiritual o alma humana se introduce en el Cáliz u ofrenda de los Reyes Magos al infante recién nacido en la Cueva de Belén. Este Misterio viene representado por la introducción de la Superalma universal, simbolizada por Cristo, en el Cáliz o Tabernáculo ofrecido por el Maestro Jesús en el Drama místico conocido como “El Bautismo en el Jordán”. Las aguas del río contienen el secreto de este Misterio, tan poco conocido en sus implicaciones esotéricas por los fieles de la Iglesia cristiana, pero que tiene que ver con la posesión por parte de Cristo del Cuerpo inmaculado del Maestro Jesús, Quien, desde la edad de once años en que le vemos en el Templo platicando con los Doctores de la Ley (el concepto intelectual y dogmático de la religión) hasta los treinta años de su vida física, ha estado preparándose para esta fase obligada de purificación de su Cáliz, o triple Cuerpo, para que pueda ser tomado o habitado por el Verbo solar, o Cristo.

Estos diecinueve años en la vida del Maestro Jesús, de los cuales nada se nos dice en el Nuevo Testamento ni en los Evangelios, constituyen para el investigador esotérico el punto de referencia mágico de aquello que en la propia terminología cristiana se denomina “el Sendero del Discipulado”.

En tal obligado período de necesaria preparación el cuerpo físico, el vehículo emocional y la mente son purificados al máximo por Jesús, el hombre, hasta que en su interdependencia constituyen una integración vital y un perfecto equilibrio que permiten que el A.U.M., o sustancia material que representan, emita el O.M. de invocación espiritual que “a los finos y apercibidos oídos de los grandes Promotores de la evolución planetaria”, les da la inequívoca seguridad de que el Cáliz se halla convenientemente preparado para la recepción del Verbo. Y entonces, tal como se halla escrito en los anales misteriosos del tiempo, “…EL VERBO SE HIZO CARNE”. El vehículo sagrado ofrecido por el Maestro Jesús es tomado por el Cristo y durante tres años, llenos de simbolismo esotérico, espiritual y místico, así como de dramatización psicológica, Cristo, el Avatar que la humanidad esperaba “desde los tiempos de Elías”, recorre el mundo dispensando a Su paso los dones del Espíritu Santo y los Tesoros de la Gracia.

Este es un Misterio que la iglesia cristiana ha tratado de ‘imitar” ya que no de “explicar”, mediante el bautismo simbólico del ser nacido a la sombra de sus estructuras religiosas, pero hay que tener en cuenta lo que decía Juan, el Bautista, que según las Escrituras fue el Hierofante mediador en esta sagrada iniciación o Misterio del Bautismo en el Jordán... “Yo os bautizo con Agua, pero el que vendrá después de mí os bautizará con Fuego”, mostrando en tales misteriosas palabras los pasos obligados de Cristo y los de toda alma plenamente identificada con el Sendero espiritual a la búsqueda del Arquetipo mental de la propia e individual perfección. Me refiero concretamente al Misterio de la Transfiguración el cual, desde el ángulo profundamente esotérico, constituye una meta muy clara y definida en la vida del Iniciado por cuanto le permite ascender al “Monte Tabor” de su conciencia y plenamente despierto en la vida espiritual, puede contemplar desde allí a sus tres cuerpos, vencidos y sojuzgados, es decir y recurriendo de nuevo a la simbología, a las ofrendas de Gaspar, Melchor y Baltasar y reconocer dentro de sí mismo, en lo profundo del corazón, aquella primera gran síntesis de poder espiritual que en los lenguajes del Misterio se denomina Transfiguración.

En tal Misterio se refunden los dos anteriores del Nacimiento y del Bautismo. La mirra de Baltasar, el oro de Melchor y el incienso de Gaspar le ofrecieron un triple cuerpo al alma humana, cuya representación psicológica es Cristo. El Reino mineral, como elemento de transmutación ofreció la Cueva, símbolo del cuerpo físico, siendo el drama del Nacimiento su expresión objetiva. El Reino vegetal ofreció el Agua de Vida que permite que la simiente del hombre germine, crezca y se expansione en el mundo emocional y después de este Misterio la Luz y el Fuego realizan su obra transfigurando aquello que en el Reino vegetal fue un trabajo permanente de “transfusión”, convirtiendo la radioactividad, la más elevada expresión alquímica del Reino mineral en la Savia, o agua de vida del Reino vegetal que va ascendiendo hasta culminar en forma de energía nerviosa en el Reino animal, el cual, en este sagrado Misterio viene representado por los tres discípulos, cuyos cuerpos están dormidos en tanto que el Iniciado recibe la gloria de la Transfiguración.

Cristo, el gran Iniciado, radiante y transfigurado contempla desde el Monte Tabor de su conciencia en donde ha logrado ascender como el Agua se convierte en Fuego, de la misma manera que en el Misterio anterior del Bautismo veía cómo la tierra de su cuerpo físico era fertilizada por las aguas del cuerpo emocional plenamente purificado, permitiendo así la progresión del triple sonido mágico A.U.M., representativo de los tres vehículos periódicos o kármicos de la personalidad humana, es decir, que el cuerpo físico, la sensibilidad emocional y el vehículo mental han llegado a un estado tal de integración y equilibrio que el “fuego” de la resolución espiritual ha permitido aquel estado de integración que ha posibilitado el Misterio de la Transfiguración causal que abre el camino del siguiente gran Misterio al cual accederá inevitablemente el alma humana, el Cristo transfigurado, Señor absoluto de sus vehículos de expresión o del Cáliz preparado por la actividad, el esfuerzo y el sacrificio del discípulo Jesús, símbolo perpetuo de la aspiración espiritual, individual y universal.

Después de esta obligada Transfiguración el Yo interno está preparado para dar el siguiente paso, es decir, el Drama de la Pasión y Muerte, el cual se inicia en el Huerto de Getsemaní en donde el Cristo enfrenta la prueba del Cáliz supremo al cual debe renunciar para siempre, siendo este Cáliz no sólo una expresión de la vida en los tres mundos, un resultado de la actividad mágica del A.U.M., sino también el Tabernáculo sagrado o “Cuerpo de Luz” al que se refiere Pablo de Tarso, “el cual no ha sido construido por las manos de los hombres” sino por los sutilísimos devas AGNISHVATTAS de la más elevada integración y belleza. Cuando Cristo, representando el alma humana, pronuncia aquellas palabras encarnantes del más profundo sentimiento de soledad y de agonía: “Padre, aparta de Mí este Cáliz de Amargura”, enlaza de hecho el Cielo y la Tierra y allí, en la soledad infinita de aquel divino Huerto, tiende por vez primera en el devenir histórico y evolutivo de la raza de los hombres, un Antakarana, un camino de Luz y de Resolución que enlazará para siempre el centro planetario de la Humanidad con SHAMBALLA, el Centro en donde la Voluntad de Dios es conocida.




Vicente Beltrán Anglada
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