sábado, 30 de abril de 2016

Me estoy despidiendo a conciencia, sabiendo lo que hago



En mi opinión, el acto de despedirse –que es un acto continuo y cotidiano del que no siempre somos conscientes- requiere de una atención y una dedicación plena para ser conscientes de lo que la despedida implica.
Hoy me despido de la vivienda donde he pasado los últimos 30 años de mi vida.
Termino de recoger las últimas pocas cosas que ya quedan con una consciencia amplia, del acto y del momento, que supongo que en otro momento de mi vida no hubiera sabido ni hubiera podido hacerlo.
Estoy grabándome a fuego en la memoria cada uno de los rincones –porque sé que no los volveré a ver- y, sorprendentemente, descubro cosas que en los 30 años de estancia no vi. Con mi vida me pasa exactamente lo mismo.
Me estoy despidiendo a conciencia, sabiendo lo que hago.
Lógicamente, esta atención permite que afloren todos los recuerdos que tengo de tan larga estancia en este sitio, y todas las cosas que ha pasado -¡y mira que han pasado cosas!-, y todas las emociones que he vivido aquí, y toda la gente que ha ido desfilando por aquí, y todas las noches alegres o serias, y mi soledad interior en esta cárcel voluntaria, y la compañía impagable de mis seres queridos.
El repaso a mi estancia en esta casa es, por supuesto, un repaso a mi vida. Cuando llegué aquí tenía pocos años y mucho futuro por delante, muchas ilusiones sin desenvolver aún, muchos sueños y esperanzas, y la promesa de un porvenir que el propio Dios con su mejor voluntad había diseñado para mí.

Dejo la vivienda pero me llevo los recuerdos. Recojo todos los que aún quedan por el aire. Aún sigue vivo el eco de todas las risas que nacieron aquí. Aún resuenan, en un tono íntimo casi secreto, las palabras de amor que se pronunciaron. Aún quedan destellos vivos en el aire que son la luz de los ojos que se iluminaron y brillarán hasta el infinito. Si no me distraigo, escucho las ya lejanas risas de mis hijas jugando. Si prestara aún más atención estoy seguro de que podría escuchar conversaciones enteras que se quedaron enganchadas en las cortinas, músicas que habrá debajo de las alfombras, sorpresas escondidas en los cajones, nostalgias jugando a esconderse.
Soy consciente de todo ello, y como soy consciente sé que me tengo que despedir porque esto, como todo, también cumplió su ciclo. Ahora comenzará otra etapa. Ni mejor ni peor: distinta.
El Yo que saldrá hoy de aquí no tiene nada que ver con el que vino. Las experiencias de la vida me han ido desarrollando y llevándome al origen, a la esencia, a quien realmente soy.
Tengo 61 años, una VIDA por delante –porque hasta hace poco lo que tenía era simplemente una vida- y soy muy consciente de que la vista ya casi me alcanza para poder leer el letrero donde pone FIN, pero también sé que el tramo que me lleva hasta ese anunciado destino será mucho más lúcido, más atento -más lleno por tanto-, más Humano –algo he aprendido…-, más hermoso –he experimentado el placer de ver y gozar la hermosura de las cosas pequeñas que casi siempre pasan desapercibidas-, de reconciliación conmigo y con lo que me rodea, de despedidas continuas –cada vez habrá más ocasiones que sean la última vez de algo-, y potenciaré con ahínco lo que he visto que son los pilares básicos y el sentido de estar aquí y ahora, en este Mundo: Ser Uno Mismo, el Amor, los Amigos, la Familia, la Paz, El Agradecimiento, la VIDA plena, y Dios. Y que cada uno lo ponga en el orden que le parezca conveniente, y que añada o quite lo que quiera.
Me despido de la vivienda –como me iré despidiendo de otras cosas- y en esta despedida pongo el alma, el agradecimiento, y mi reverencia.
Y te invito a que tú hagas lo mismo con las cosas de tu vida que sabes que tienes que dejar.
Te dejo con tus reflexiones…
(Y si te ha gustado, ayúdame a difundirlo compartiéndolo con tus conocidos. Gracias.)
Foto por Ksenia Hovalt 
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